El
compositor y músico Miguel Yuste Moreno nació en Alcalá del Valle hace
133 años. Es uno de los pocos alcalareños ilustres que han pasado a la
Historia. Su nombre aparece cada mañana en la cabecera del diario EL
PAÍS. Reproducimos un artículo de Enrique Franco publicado en el
mencionado periódico el 25 de marzo de 1979.
Quienes
vienen a EL PAÍS, a la calle Miguel Yuste, ignorarán que tal nombre
rinde homenaje a un músico casi olvidado. Digo casi, porque sus obras
didácticas, sus ejercicios para oposiciones y concursos de
instrumentistas de viento continúan vigentes desde Madrid a El Cairo.
Yuste nació en ALCALÁ DEL VALLE, provincia de Cádiz, el 20 de junio de
1870. Huérfano desde los ocho años, vino a Madrid para ingresar en el
asilo de San Bernardino. Allí recibió la primera instrucción musical
junto al profesor don José Chacón, gran clarinetista, formado a su vez
con Teodoro Rodríguez. Y es que Madrid ha tenido siempre excelentes
solistas de ese instrumento que, a diferencia de lo que sucede en otras
especialidades, además de hacer su carrera musical, transmitieron a
otros cuanto sabían. Basta evocar los nombres de Brocha, Antonio Romero,
el citado Rodríguez, Enrique Fischer, Manuel González, Yuste, Aurelio
Fernández, Julián y Antonio Menéndez hasta llegar al capítulo reciente
de Leocadio Parras y quienes le siguieron. Si exceptuamos a los
Menéndez, todos ellos fueron profesores del Conservatorio, adonde llega
Miguel Yuste, como alumno, en 1883. Dos años más tarde ingresa en la
Banda de Alabarderos, y en 1887 le encontramos en la orquesta de la
Ópera del Buen Retiro. Espíritu inquieto y refinado, su labor no sólo se
ceñirá al «atril» orquestal en la Sociedad de Conciertos, la Sinfónica o
la Real Capilla, sino que alcanza los géneros de cámara en formaciones
como el Doble Quinteto y aborda con singular fortuna, las
transcripciones para banda.
Cuando, en 1909, se constituye la Banda Municipal de Madrid, Ricardo
Villa no sólo tiene en Miguel Yuste un solista de primera categoría,
sino un colaborador eficacísimo en las tareas artísticas y de
organización. De ahí que a la muerte de José Garay, procedente de las
bandas militares, sea nombrado subdirector de la agrupación Miguel
Yuste. El Conservatorio, después de un periodo de interinidad, lo
recibe, en calidad de catedrático numerario, el año 1910.
Era Yuste hombre de gran humanidad, ingenio hondo y garboso como buen
gaditano; tras la imagen, un poco bélica, que le daban sus bigotes a lo
Jerónimo Jiménez, habitaba una humanidad llena de cordialidades, lo que,
necesariamente, se refleja en el trato con sus compañeros, sus dirigidos
o sus alumnos. En el terreno de la composición cultivó todos los géneros
con mayor espíritu de entrega que vanidad personal. El catálogo del
archivo de palacio reseña un Ofertorio para orquesta con el número 51 de
opus, lo que nos indica la actividad creadora de Yuste, principalmente
volcada hacia la pedagogía con sus álbumes de Trozos melódicos,
ejercicios prácticos, progresivos y recreativos de repentización o sus
célebres Solfeos concertantes, además de una serie de solos de consurso
para bombardino, clarinete, fagot, saxofón y trompeta.
Amigo
de Sarasate o del alemán Rabl (el director tan admirado por los
madrileños), de ambos recibió máximos elogios, pues a la hora del
concierto la aparición de un solo «marca» Yuste suponía belleza de
sonido, agilidad, perfecta afinación y un «legato» casi vocal. No fue
Yuste, como tantos de sus compañeros, un cultivador especialmente
entusiasta del pasodoble, pero en su música se hicieron presentes, con
directo casticismo, los aires populares. Sirva de ejemplo su partitura
sobre temas españoles y americanos compuesta para la celebración de la
Fiesta de la Raza, en el Teatro Real, en octubre de 1925.
Murió Miguel Yuste en abril de 1947. Dejó recuerdos, obra y discípulos.
¿Qué ayuntamiento del extrarradio madrileño decidió dedicarle la calle
donde hoy se alza EL PAÍS? Ni lo sabemos nosotros, ni parece quedar
constancia en la Casa de la Villa, a la que este trozo no pertenecía
antes de lo que nuestros abuelos denominaban «el ensanche», y que Miguel
Yuste transitaría bastante menos que los alrededores del Real, el café
Español, animado por el virtuosismo del pianista ciego Zacarías, el
Retiro, Rosales o Lavapiés. Hasta allí llegó la banda para hacer sonar
la música de Wagner y sugerir a Mariano de Cavia su célebre artículo
Entrada de los dioses en Lavapiés.
