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La feria en sus orígenes

Por Manuel Jiménez Pulido y Francisco Siles Guerrero
Publicado en la revista de Feria 2003 de Alcalá del Valle

Queremos presentar a través de este artículo, aprovechando la celebración de la feria y fiestas de san Roque, una visión de cómo se desarrollaba esta fiesta en otros tiempos y los cambios que ha sufrido desde entonces hasta la actualidad.

Aunque hoy día asumimos como similares “feria” y “fiestas patronales”, lo cierto es que ambas festividades tienen un origen bien distinto. Las que podemos denominar estrictamente como ferias derivan de los antiguos mercados anuales, en los que se realizaban numerosos intercambios comerciales, sobre todo de ganado; un ejemplo claro de este tipo de fiesta es la feria de Olvera, que se celebraba desde que a principios del siglo XVIII recibiera un privilegio real para ello por parte de Felipe V. Por otro lado, tenemos las fiestas patronales, donde el pueblo se coloca en un momento determinado bajo la protección de un santo o de una de las advocaciones de la Virgen. En este caso, lo que comienza como una celebracion estrictamente religiosa, con misa y procesión en honor del patrón, se ha convertido actualmente en una velada, donde los elementos religiosos pasan a un segundo plano, y acuden a la misa y procesión, origen de la festividad, una parte poco significativa de la población. Actualmente, ambos tipos son en la práctica casi similares, con la peculiaridad de que en las fiestas se mantiene la práctica de la misa y procesión en honor del patrón; para nosotros, pues, tanto feria como fiestas patronales son asimilables. El caso de Alcalá responde al tipo de fiesta patronal, ya que las fiestas giran siempre alrededor de la onomástica de San Roque, el día 16 de agosto.

San Roque fue un santo francés que vivió entre finales del siglo XIII y principios del siguiente. Nació en el seno de una familia noble en la ciudad de Montpellier, aunque pronto quedó huérfano. Sobrevivió a la peste en Toscana (Italia), cuando se dirigía a Roma como peregrino, momento en el que adquirió gran fama curando a la gente afectada por esa enfermedad, por lo que terminó contagiándose él mismo. Camino de vuelta a su patria se internó en un bosque en los Alpes, donde construyó una cabaña con ramas de árboles para esperar el momento de su muerte; no obstante, cuenta la leyenda, Dios no le abandonó y todos los días un perro le traía en la boca un panecillo y le lamía las llagas. Curado de sus heridas llegó a su ciudad, donde no le reconocieron y, al ser tomado como espía, murió joven en la cárcel.

A San Roque, como podemos comprobar por la escultura del Santo que se conserva en la iglesia de Alcalá, se le representa vestido de peregrino, a veces incluso con sombrero y concha, como a Santiago, aunque en este caso lleva siempre un perro al pie que le lame las llagas producidas por la enfermedad contagiosa que padeció.
San Roque gozó siempre de una gran devoción popular, precisamente por su fama de curador, motivo por el que numerosos pueblos lo adoptaron como patrón para que les protegiera de la peste y de las enfermedades contagiosas. Éste es el caso de Alcalá, pues todos los indicios apuntan a ello. Ya lo encontramos como titular de la iglesia de Alcalá en el año 1681, en un documento del archivo parroquial donde se menciona “la yglesia parroquial del Señor San Roque”. Nuestra hipótesis es que el Santo fue proclamado patrón de la villa de Alcalá hacia mediados del siglo XVII, como mínimo, pues hay varios datos documentales que, indirectamente, nos llevan a hacer tal afirmación. En primer lugar, si se nombra patrón a este Santo es porque la villa necesitaba acudir a él para protegerse de las frecuentes epidemias de peste que asolarían la región durante este siglo. Precisamente, la vecina Torre Alháquime tomó como patrón a San Roque el 9 de julio de 1654, mediante un acuerdo del concejo o ayuntamiento de la villa, justo al final de una de las grandes epidemias de peste de este siglo, la que se desarrolló entre 1648 y 1652. Alcalá, pues, debió ponerse bajo su protección hacia estas fechas o incluso antes.

Las noticias más antiguas que poseemos en torno a la festividad en honor de San Roque se remontan a los años centrales del siglo XVIII, aunque, como hemos demostrado más arriba, tiene un origen anterior. Avala también nuestra hipótesis el hecho de que los escritos que poseemos nos muestran ya una fiesta en pleno desarrollo, bien nutrida tanto en actos como en gastos de productos adquiridos para su celebración.

Los datos, en su mayoría, proceden de las referencias que sobre dicha celebración se hacen en los fondos documentales conservados en el Archivo Histórico Nacional, concretamente en el pleito mantenido entre la villa de Alcalá y el marqués de Benamejí, señor de la misma, para desprenderse de la jurisdicción del mariscal, y convertirse así en villa de realengo. El carácter de estas notas en torno a la fiesta de San Roque es fundamentalmente de tipo económico, pues nos muestran una relación de los gastos que durante los años 1755 y 1758 hizo el concejo de Alcalá para celebrar tal festividad. De esta manera, a través de esta interesante documentación hemos podido llegar a reconstruir algunos de los aspectos característicos de las reseñadas fiestas patronales.

Todos los datos nos llevan a pensar que la fiesta que desde antiguo se celebraba en honor a San Roque tenía lugar en un único día, el 16 de agosto, onomástica del Santo, Titular y Patrón de la villa. Esta afirmación la hacemos por el hecho de que las cuentas de los gastos llevan como fecha de desembolso del dinero ese mismo día o el siguiente; incluso en algún año se libra el dinero el día anterior al festivo.
Así pues, el día 16 de agosto de cada año se conmemoraba la festividad de San Roque como patrón de la villa con una función religiosa, al término de la cual se ofrecía a los vecinos y forasteros que concurrían este día a la población desde las villas próximas un espectáculo taurino donde, además, se repartía dulce y agua helada como refresco.

A la ceremonia religiosa y al espectáculo que se ofrecía después al Santo asistían tanto el clero como los distintos habitantes de los pueblos de los alrededores, como afirma al respecto por estas fechas el vicebeneficiado de la Parroquia de Cañete, que asegura haber acudido a Alcalá del Valle “los más años a la función que celebran al Señor San Roque, tributándole de su obsequio la corrida de uno o dos toros, asistiendo a sus funciones los más vezinos de la de Cañete…”.

Respecto a los gastos que originaba al concejo la celebración de la fiesta, observamos la existencia de una gran disparidad al contrastar los de distintos años. Por dar unas cifras, vemos cómo de los escasos 24 reales que se destinaron para la fiesta de 1755, que tuvieron como único destino el pago de una libranza al cura de la villa, pasamos al año siguiente a alcanzar una cifra de 193 reales y medio. Mayor aún fue la proliferación en gastos para el año siguiente (1757), en el que se alcanza la cifra total de 239 reales, siendo más modesta que estas dos la cifra que se nos ofrece para 1758, último de los años en los que contamos con referencias sobre los gastos realizados en esta fiesta, para la que tenemos un gasto conjunto de 141 reales y 17 maravedís. La cifra global de estos cuatro años asciende a la nada despreciable suma de 598 reales.

Respecto a los gastos destinados a la parte fundamental de la fiesta, la religiosa, podemos diferenciar entre los destinados al culto divino, donde incluimos el pago de los servicios religiosos, y las cantidades aplicadas a otros gastos que originaba la función religiosa en honor del Patrón. En el primero de los apartados incluimos la limosna que el concejo o ayuntamiento pagaba tanto al cura como al sacristán y predicador por la celebración del oficio divino el día del Santo. El cura percibía 18 reales por sus servicios, mientras que el sacristán sólo recibía la tercera parte (6 reales) por su oficio. El sermón lo predicaba siempre un religioso foráneo, un predicador cuaresmal procedente de alguna de las comunidades de frailes de los pueblos vecinos, como los franciscanos terceros de Caños Santos o los alcantarinos de Cañete, por poner un ejemplo; en 1757 predicó en la fiesta de San Roque el Padre Fray Tomás de Burgo, predicador cuaresmal. El predicador recibía como limosna 30 reales, en proporción bastante más que el cura y el sacristán. Entre los gastos de la ceremonia hallamos el pago por la cantidad de cera gastada que, si bien no era fija de un año para otro, se destinaba a su compra en torno a los 15 reales. No obstante, mientras que en 1756 se pudieron gastar 16 reales y medio en una libra y media de cera (690 gr), dos años después, en 1758, la media libra que se compró costó nada menos que 15 reales.

Un último apunte que nos llena de curiosidad y que desconocemos es saber para qué serían las dos cargas de corcho que se compraron por valor de 4 reales y que según especifican los datos iban destinadas “para la noche del Santo”. Suponemos que con esta expresión querían hacer referencia a la realización de alguna hoguera o fuego en la plaza una vez que la noche hacía acto de presencia.

En cuanto a los gastos destinados a cubrir la parte lúdica de la fiesta, observamos que las cantidades (400 reales) empleadas durante este período a dicha cuestión duplicarían a las que llevaban como fin el pago de los actos litúrgicos (197 reales). Una parte muy importante de los gastos de este apartado son los destinados a la compra y transporte de los productos a consumir en la fiesta, procedentes en su mayoría de la cercana Ronda, ciudad que actuaría durante todo el año, y más en épocas de celebraciones, como núcleo productor y distribuidor de todo tipo de mercancías con las que paliar la demanda de su comarca (realidad que aún hoy día continúa estando latente). De este modo, al gasto producido por la compra de los productos habría que añadir los derivados de su transporte.

De entre los productos a consumir, una parte muy importante la ocupaban las libras de dulces que el concejo se encargaba de comprar para repartir entre los vecinos de la villa y forasteros que en el día del patrón asistían a los divertimentos que el cabildo municipal, en representación del señor de la villa, ofrecía al pueblo en esta festividad.

Al mismo tiempo que los dulces, las autoridades hacían distribuir a los congregados con motivo de dicha fiesta un refresco con el que paliar las altas temperaturas que debían sufrir los espectadores de las corridas de toros ofrendadas al Patrón. Así, se citan entre los gastos del concejo la compra y transporte de agua helada y de varias libras de hielo, al precio de unos 5 reales la libra. Este artículo, sin duda extraordinario y de auténtico lujo para la época, procedería de las cercanas cumbres de la serranía rondeña. En las sierras del entorno de Zahara sí tenemos documentados pozos de nieve destinados a la producción de la misma para surtir de este producto a puntos tan lejanos como la costa gaditana. La propiedad de dichos pozos de nieve correspondía en Zahara al señor de la villa, el duque de Arcos, que los explotaba mediante arrendamiento. El oficio de nevero correspondía a la persona que entonces se dedicaba a la venta del producto de los pozos de nieve, como el agua helada y el hielo que mencionan los documentos.

Un último artículo a consumir en la festividad de San Roque, también procedente de la cercana Ciudad del Tajo y presente durante los años que nos brinda la documentación, sería el de los fuegos artificiales, fabricados por las manos expertas de un maestro cohetero.

Hemos comentado más arriba que tras la ceremonia religiosa se lidiaban uno o dos toros en honor del Santo, como ofrecimiento personal del mariscal de Alcalá del Valle a su villa. Hay que recordar que es en el siglo XVIII cuando comienza el toreo a pie, generalizándose y alcanzando gran popularidad en nuestra tierra este tipo de espectáculos. La presencia de corridas de toros en la festividad de San Roque pudo haber sido influida por la cercanía a Alcalá de la ciudad de Ronda y su maestranza.

Por último, decir que no son muchos más los datos que poseemos sobre esta fiesta, pues, por ejemplo, nada se nos dice acerca de la existencia y procesión del Santo, aunque sin duda alguna debió celebrarse en su momento tras la función religiosa. Suponemos que debió existir una imagen (que no se corresponde con la actual) que saldría en procesión durante este día, de ahí la finalidad de contratar a dos vecinos para “limpiar y barrer la plaza de esta villa para el día del Patrón Señor San Roque”, que, al igual que la iglesia, se adecentaría y decoraría para tal ocasión.


                  


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