Habitualmente, cuando se habla de alguien
que desgraciadamente no está ya con nosotros, se tiende a dulcificar su
carácter, a recordar y a exagerar sus virtudes, y así solemos decir:
“¡qué bueno era!”, aunque realmente fuese un trueno.
Comienzo con esta pequeña nota, para no dejar ningún tipo de duda, que
el personaje flamenco que me trae a estas páginas no necesita nada de
esto. José Aguilera Soriano, “la Ratilla”, como así lo conocíamos
cariñosamente sus amigos (para él, todos éramos sus amigos), no está tan
perdido de la memoria de Alcalá para que su personalidad y flamenquería
necesiten de eufemismos.
Era el quinto de seis hermanos. Nació en Alcalá del Valle a mediados de
los años 20 en el seno de una familia muy humilde. Su padre, José
Aguilera Romero, se ganaba el pan de arriero. María Rosario Vega, su
madre, cuidaba de la prole y ayudaba a los vecinos cuando estos sufrían
algún esguince, dando masajes; Mariquita Rosario, como la conocían
todos.
Su infancia y juventud transcurren en trabajar por nada y en malvivir en
el “Prao Chico” que tan sólo era un puñado de pequeñas y humildes casas
en torno a la “Fuente Chica”.
Su primo Juan recuerda: “Su infancia fue terrible. Le presentaron los
calcetines a los catorce años”.
Pronto toma contacto con el cante, por sus primos “Frasquito el Rubio” y
“Corruco”. Eran días donde la gente olvidaba penas en la Tasca de Josefa
“la Zamarra” en “el Palomar” o en la “Tasca de Domingo”, justo en la
esquina “la Serrana”.
Comienza la década de los Cincuenta y se encuentra haciendo el Servicio
Militar en África, junto a algunos de nuestros paisanos, entre ellos su
primo Juan: “Allí pasó todo el tiempo de asistente; los mandos, a los
que les gustaba el flamenco, se lo llevaban de juerga; muchas pasamos en
el café “El Sol” de Villanador. Era tan buena persona y tan flamenco que
los tenía a todos camelaos”.
Cuando termina la mili se dedica a la arriería y así, a lomos de
borrico, compra peros en Ronda o castañas en Cartajima para luego
venderlos en Alcalá o en Morón.
En los
sesenta empieza a colaborar en algunos eventos flamencos,
llegando incluso a cantar junto al mítico guitarrista “Diego el del Gastor” en una fiesta del Barrio, en Ronda, volviéndose a encontrar con
él en el “Disloque”, de Morón, junto a su hermano “Mellizo”. Participa
en las populares “fiestas en el aire” que se organizaban en los pueblos
de la comarca, ganando una en Arriate, donde aún hoy se le recuerda con
cariño. En una de sus salidas como temporero a Francia fue premiado en
Rivesaltes (Perpiñán) por su colaboración en las fiestas. Y sobre todo,
fue compañero inestimable en las últimas salidas de nuestro artista Blas
Izquierdo “Niño el Lápiz”.
Como anécdota, una de sus salidas a trabajar a las Bodegas de Bollullo,
llegando diez días antes de empezar la vendimia, sin trabajo y sin
dinero:
“Nos quedamos en las viñas y por las noches nos tapábamos con sacos de
cemento. Sólo teníamos para comer pan y uvas. Joseíto cantó una noche y
pasó la gorra; con lo que arrecogió, el día siguiente nos fue más
llevadero”.
Su voz era potente, nítida, clara, cantaba bien por seguidillas, saeta,
bordaba los fandangos del Carbonerillo, Palanca o Pepe Pinto y, sobre
todo, inolvidable su cuplé de “La Niña de los Claveles” del “Niño de
Orihuela”.
José vivió una vida dura, como la mayoría de nuestros mayores, trabajó
toda su vida por las migajas que caían de las mesas de los “señoritos”.
Sus brazos conocieron los tajos de trabajo de aquí y de allá: Jerez,
Jaén, Córdoba, Huelva, Málaga, Barcelona, Perpiñán...; pero nunca, los
que tuvimos la suerte de conocerlo, le vimos un mal gesto, algún
desaire, o escuchamos alguna queja. Al contrario, siempre estaba
dispuesto a agradar con alguna flamenquería. Por eso, hoy te recordamos
en estas páginas, para que te sirvan de homenaje y en agradecimiento a
lo que fuiste.
¡Cómo se echan de menos, en estos tiempos, espíritus como el tuyo!