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José Aguilera Soriano, "La Ratilla"

Por Alonso Fernández
Publicado en la revista de Feria de Alcalá del Valle de 2003

Habitualmente, cuando se habla de alguien que desgraciadamente no está ya con nosotros, se tiende a dulcificar su carácter, a recordar y a exagerar sus virtudes, y así solemos decir: “¡qué bueno era!”, aunque realmente fuese un trueno.

Comienzo con esta pequeña nota, para no dejar ningún tipo de duda, que el personaje flamenco que me trae a estas páginas no necesita nada de esto. José Aguilera Soriano, “la Ratilla”, como así lo conocíamos cariñosamente sus amigos (para él, todos éramos sus amigos), no está tan perdido de la memoria de Alcalá para que su personalidad y flamenquería necesiten de eufemismos.

Era el quinto de seis hermanos. Nació en Alcalá del Valle a mediados de los años 20 en el seno de una familia muy humilde. Su padre, José Aguilera Romero, se ganaba el pan de arriero. María Rosario Vega, su madre, cuidaba de la prole y ayudaba a los vecinos cuando estos sufrían algún esguince, dando masajes; Mariquita Rosario, como la conocían todos.

Su infancia y juventud transcurren en trabajar por nada y en malvivir en el “Prao Chico” que tan sólo era un puñado de pequeñas y humildes casas en torno a la “Fuente Chica”.

Su primo Juan recuerda: “Su infancia fue terrible. Le presentaron los calcetines a los catorce años”.

Pronto toma contacto con el cante, por sus primos “Frasquito el Rubio” y “Corruco”. Eran días donde la gente olvidaba penas en la Tasca de Josefa “la Zamarra” en “el Palomar” o en la “Tasca de Domingo”, justo en la esquina “la Serrana”.

Comienza la década de los Cincuenta y se encuentra haciendo el Servicio Militar en África, junto a algunos de nuestros paisanos, entre ellos su primo Juan: “Allí pasó todo el tiempo de asistente; los mandos, a los que les gustaba el flamenco, se lo llevaban de juerga; muchas pasamos en el café “El Sol” de Villanador. Era tan buena persona y tan flamenco que los tenía a todos camelaos”.

Cuando termina la mili se dedica a la arriería y así, a lomos de borrico, compra peros en Ronda o castañas en Cartajima para luego venderlos en Alcalá o en Morón.

En los sesenta empieza a colaborar en algunos eventos flamencos, llegando incluso a cantar junto al mítico guitarrista “Diego el del Gastor” en una fiesta del Barrio, en Ronda, volviéndose a encontrar con él en el “Disloque”, de Morón, junto a su hermano “Mellizo”. Participa en las populares “fiestas en el aire” que se organizaban en los pueblos de la comarca, ganando una en Arriate, donde aún hoy se le recuerda con cariño. En una de sus salidas como temporero a Francia fue premiado en Rivesaltes (Perpiñán) por su colaboración en las fiestas. Y sobre todo, fue compañero inestimable en las últimas salidas de nuestro artista Blas Izquierdo “Niño el Lápiz”.

Como anécdota, una de sus salidas a trabajar a las Bodegas de Bollullo, llegando diez días antes de empezar la vendimia, sin trabajo y sin dinero:

“Nos quedamos en las viñas y por las noches nos tapábamos con sacos de cemento. Sólo teníamos para comer pan y uvas. Joseíto cantó una noche y pasó la gorra; con lo que arrecogió, el día siguiente nos fue más llevadero”.

Su voz era potente, nítida, clara, cantaba bien por seguidillas, saeta, bordaba los fandangos del Carbonerillo, Palanca o Pepe Pinto y, sobre todo, inolvidable su cuplé de “La Niña de los Claveles” del “Niño de Orihuela”.

José vivió una vida dura, como la mayoría de nuestros mayores, trabajó toda su vida por las migajas que caían de las mesas de los “señoritos”. Sus brazos conocieron los tajos de trabajo de aquí y de allá: Jerez, Jaén, Córdoba, Huelva, Málaga, Barcelona, Perpiñán...; pero nunca, los que tuvimos la suerte de conocerlo, le vimos un mal gesto, algún desaire, o escuchamos alguna queja. Al contrario, siempre estaba dispuesto a agradar con alguna flamenquería. Por eso, hoy te recordamos en estas páginas, para que te sirvan de homenaje y en agradecimiento a lo que fuiste.

¡Cómo se echan de menos, en estos tiempos, espíritus como el tuyo!

 


                  


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